Ensayo sobre el amor y la Maldad

Un canto a la libertad y unas lágrimas por lo que no pudo ser.

No te puedes imaginar hasta qué punto te vas a emocionar con este libro.

Nunca se escribió nada que se le parezca. Posiblemente, está entre los libros más inéditos de cuantos se han escrito.

Sinopsis

Un animal nace, vive, muere y vuelve a nacer recordando parte de sus vidas anteriores. Y así es espectador de su evolución pasando de antropoide a humano. Miles de vidas plácidas en la naturaleza. Y de repente alguien se erige como adalid y comienza el abuso y la crueldad de unos sobre otros. Y para incrementar la truculencia, siglos después, aparece la Santa Inquisición que quema vivas a las personas que no aceptan sus creencias o simplemente a todos aquellos que no son simpatizantes. Se rompió definitivamente la paz ancestral y las guerras ya son eternas. Acaba la historia en el siglo XX cuya segunda mitad ya parece que se calma, pero sólo se trata de una calma aparente porque en cualquier momento todo puede volver a sucumbir. Existe amor entre los protagonistas, reflexiones filosóficas, pesimismo y una tímida esperanza para el futuro.

Prólogo

Por el profesor Vicente Prieto Rubio

Al preguntarme por qué tienen tanto éxito algunas películas, la respuesta surge rápida porque la creo sencilla: el guión está bien pensado y bien escrito por personas con talento, pero sobre todo porque los actores que nos las traducen no interpretan personajes, son personajes.

De Juan Rulfo se dijo que nadie se inventó que hablara con los muertos, realmente habló con ellos. Ocurrió allá lejos, en Comala, porque fue médium. Lo cuentan con palabras en Pedro Páramo, una de las mejores novelas del siglo XX. Me conmovió. Ahora, ya en el XXI, me ha vuelto a hacer vibrar esta novela-ensayo porque he sentido que el autor entró con tanta fuerza en el sentimiento de un animal, que mientras él iba escribiendo, y yo leyendo, ambos nos fuimos transformando en monos. Es una sensación mágica en la que el espacio, el tiempo y el ego acaban desapareciendo rendidos a las intensas sensaciones del presente. Es en esa aparente desaparición del yo donde se produce la gran paradoja del reencuentro con la autenticidad… quizás esa conciencia en estado puro, libre de enredos de la mente, donde todo es sentir, quizás eso sea el alma. Mientras leía y vivía esta historia, desapareció mi pensamiento y sentí mi esencia.

Quizás.

Ese animal nace y vuelve a nacer recordando parte de sus vidas anteriores. Continúa siendo el mismo, pero siente cómo su especie antropoide va culminando su evolución hasta llegar a ser humana. Y desde la altura cognitiva y dominadora que su especie logra alcanzar, desde su inmenso complejo de superioridad sobre lo animal, inicia la más triste de las caídas. Tantos logros materiales para terminar derrumbándose en la más cruel de las pobrezas: la indiferencia y el hastío, la pasión por lo superfluo. Su ascensión fue de poder y de apariencias pero despreció el tesoro de la autenticidad. Creyendo ser más, se esforzó para que, en el fondo, no se le notara que se sentía menos…

Nuestro personaje vive en determinadas épocas de la Historia, pero sigue sintiendo lo mismo que sentía cuando vivía en las ramas de los árboles. Eckhart Tolle, estando al borde del suicidio, descubrió que toda nuestra vida es “ahora mismo”, que no tenemos otra cosa francamente real; comenzó a sentir sus presentes, a vivirlos, y comenzó a amar a todo ser viviente y a vibrar con las joyas naturales que lo rodeaban… igual que nuestro mono en su árbol. Pero el humano común asesina sus presentes con los enredos y las mentiras de su mente individual, que no es otra cosa que la mente social algo matizada. La inteligencia se construye desde la sociabilidad mediante un doble proceso de fuera hacia dentro, señaló el psicólogo ruso Vygotsky, y nuestro mono contempla aterrado cómo esa sociabilidad introducía en los individuos valores de “parecer” en lugar de inteligencia para “ser”. La tristeza no es consecuencia de los sucesos externos, sino hija de la ignorancia, y la ignorancia es generada por uno mismo para protegerse de sus miedos.

Pedro Tugores me dijo hace años que la cuarta parte del libro no la escribió él, fueron los mismos protagonistas de la historia quienes lo hicieron, él sólo la mecanografió. Sospecho que tampoco creyó escribir las tres primeras, pensó que eran sus personajes quienes al ir cobrando vida propia y opinar sobre lo que les rodeaba, sobre lo que les ocurría y sobre lo que les sucedía a los demás, le iban dictando las ideas. Pero permitidme que os diga que, en realidad, esos personajes eran meros transmisores de la esencia más pura, más genuinamente humana de su creador. Y le fueron regalando la posibilidad del reencuentro mágico consigo mismo. Hay quien dice que en la mayoría de libros hay algo autobiográfico; yo diría que sólo algo no es autobiográfico… porque la realidad que cada persona siente, la escriba, la diga o a la calle, siempre es subjetiva, y hasta sus ensoñaciones más estrafalarias nacen de sus propias experiencias. La originalidad surge de una interpretación caprichosa pero idiosincrásica de la realidad.

Este libro contradice poco la historia de los humanos, pero pone el dedo en algunas de sus llagas. Hace reflexionar, aunque no es una reflexión desde la mente pensante sino desde la emoción sintiente. Pedro es un explorador, un buscador permanente de aquello que puede hacernos sentir más vivos, más reales, más dichosos. Se entusiasma en su búsqueda, avanza, no encuentra, se cansa de buscar, tropieza, llora, rectifica, encuentra algo, se levanta, sonríe, se equivoca, reinicia la búsqueda. En medio de esa magnífica vorágine existencial alumbra este libro, un libro que no nos resuelve nada, pero que nos empuja brutalmente a plantearnos con realismo, desde su lenguaje idealista, un “qué-estamos-haciendo”.

 

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